miércoles, 18 de abril de 2012

Gato

Gato llegó un día de otoño a nuestro jardín.
Al principio la echábamos de allí a base de palmadas y ruidos de pies. Pero ella volvía cada día y nos espiaba medio oculta entre las plantas, lista para huir si la cosa se ponía fea.

Entonces nos dio pena. Probablemente por su insistencia. Por venir a comer los restos de los restos que quedaban, lo que se tiraba en el compost.

Papá empezó a echarle, allí, sobre una piedra, migas de pan mojadas en salsa sobrante, restos del pescado de la comida... y ella cada día los comía, siempre con un ojo vigilante, siempre después de que se hubiera alejado lo suficiente, siempre mirando de frente y sin dar la espalda.

Le pusimos un plato para la comida, y otro para el agua y me costó muchos meses conseguir que me dejara acercarme a ella. Entonces fue cuando caí en la cuenta de que Gato era una gata. Pero ya no tenía remedio, era el nombre por el que la llamaba y sí, lo reconocía.

Hace poco me permitió acariciarla, en el lomo, nunca en la cabeza y de una forma desconfiada, como escapando de la caricia. Procuraba hablarle bajo, mimosamente y acariciarla con cuidado, pero ella huía después de un par de pases de mano por el lomo.


Hasta hace una semana.
Parió un par de gatitos en la jardinera que está debajo de la ventana del salón, semioculta por una mata de perejil. Yo estaba trabajando pero le pusieron comida cerca y, cuando creyó que nadie miraba, bajó a comer.

Al llegar a casa me acerqué, hablándole suavemente, como suelo hacer. Y hete aquí que busca mis caricias, se tumba boca abajo para que le acaricie la barriga, me deja tocarle en la cabeza y ¡hasta me permite coger a sus crías!.

Intenté cambiar a la nueva familia para un lugar más cómodo, en una vieja cestilla que había sido de nuestra gata Claudia (la gata más cariñosa y dulce que haya tenido), pero prefiere su escondite entre las plantas y el perejil. Allí la acomodamos con toallas viejas para que estén más calentitos, sobre todo los pequeños y vigilamos que la lluvia no los moje (es muy lista, ese jardín hay que regarlo, la lluvia nunca cae en él).

No sé lo que pasará cuando las hormonas se le estabilicen, pero procuro acariciar mucho a los pequeños para que se acostumbren desde ya a nuestra presencia y nuestros mimos. Creo que nos hemos ganado su confianza. Y aunque siempre será una gata salvaje, hemos conseguido que no nos tema ni nos huya.


© Chulihorro

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