Tengo una foto en mi casa que me gusta mucho. Es de hace unos años. Estoy con mis hermanos. Todas las fotos en las que salíamos los tres eran de cuando éramos pequeños y yo quería una en la que ya se nos viera adultos, así que un día llevé la cámara a casa de mis padres, sabiendo que comíamos todos allí, y le pedí a alguien que nos hiciera la foto.
Esta, en sí misma, no vale mucho. Juan sale con cara de asco, Amancio con los ojos cerrados y yo como si estuviera pidiendo permiso para posar en ella.
Pero hay un par de detalles de esta foto que me encantan: estoy con mis hermanos, dos de las personas más importantes de mi vida, y aparece Marcos. Él tendría unos cuatro o cinco años y se suponía que sólo íbamos a salir nosotros tres, pero dijo que él también quería salir en la foto. Así que allí se plantó, comiéndose unas galletitas y mirando a la cámara de medio lado, como si fuera tímido. Entonces me daba por la cintura y hoy me saca la cabeza, el cuello y parte del tronco, pero para mí siempre será aquel niño de ricitos rebeldes con cara de pillo que se colaba en las fotos y nos hacía reír con sus palabras inventadas.
Miro esta foto a menudo. La tengo en el salón de mi casa y cada vez que me siento a leer un libro o a ver la tele me coincide enfrente de la mirada. Y cada vez me gusta más. A medida que pasa el tiempo y lo noto, sobre todo en Marcos que crece y no sólo en altura.
Un día de estos tendremos que repetir la foto de los tres hermanos. Espero que Marcos se cuele en ella, aunque tendrá que ponerse detrás de nosotros para no taparnos a todos.
© Chulihorro
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