sábado, 23 de junio de 2012

Caminos

Si pusiera mis pasos de los recreos en línea recta, creo que ya habría dado la vuelta al mundo. 
Igual que las hormigas recolectan comida para el invierno yo atesoro recuerdos en mis largos días de recreo arriba, recreo abajo.
Y pienso en las tardes de verano buscando la sombra de la parra, las comidas familiares en las que se cruzan las conversaciones, la sobremesa del día de Reyes en las que abrís nerviosos los regalos luego de leer el nombre en las etiquetas. Pienso en cuando erais tan pequeños que podía sosteneros en mis brazos y besaros a placer, haciéndoos cosquillas en las mejillas y en el cuello.
Recuerdo viajes a Roma, a París, a la Costa Oeste de Estados Unidos.
Mientras camino por el patio parándome a hacerle una caricia a aquel que se ha caído, abrochando los zapatos desatados (¿cuántos cordones habré atado en mi vida?), mientras escucho discusiones o propuestas de juego y me pongo al día en la última aventura de Bob Esponja y Son Goku (apasionantes, ambos dos).
Y luego pienso en los paseos por la playa o por la orilla del río, apoyándonos en el bastón de caminar que fuimos perfeccionando con el paso del tiempo.
O pienso en las noches de viernes que pasábamos juntos o en el olor que tenían los libros sin estrenar que mamá forraba al comienzo de todos los cursos.
A veces me anticipo al futuro e imagino la felicidad que supone saber que pronto volveré a estar con vosotros. Que en un par de días volveremos a estar comiendo todos apretados en el salón de los abuelos. Y oiré de nuevo vuestras voces y vuestras risas y escucharé novedades y canciones que sólo a vosotros os gustan (ai se eu te pego....).
Sí. En invierno soy como una hormiguita recopilando tesoros. Los que permiten a mi cabeza soportar los recreos arriba y abajo un pie delante del otro todos los días.
© Chulihorro

jueves, 26 de abril de 2012

El viejo vinilo

Cuando yo era pequeña mi abuelo tenía un disco en vinilo de cuentos clásicos. Por una cara "La ratita presumida" y "Garbancito" y por la otra "El gato con botas". Este último nunca me gustó, pero los dos primeros quería oírlos una y otra vez. Nunca me cansaba. Me sentaba en una sillita baja que tenían para mí y escuchaba los cuentos con mucha atención, muy concentrada en las palabras. Estaba acostumbrada a oír cuentos. Mi abuela me los contaba para que comiera y yo le corregía cuando introducía alguna variación en ellos. Así que escuchar cuentos sin apoyos visuales era lo cotidiano en aquellos tiempos.

De Garbancito me gustaba su valentía, la canción que cantaba para que no lo pisaran y que la madre lo socorriera al final. De la ratita presumida me gustaba el final: el gato se la comía. Y punto. Por presumida y vanidosa.

En estos tiempos en los que vivimos acostumbro a ponerles a mis alumnos películas de dibujos animados. Y cada vez exigen más. La imagen lo aporta todo. Apenas queda un resquicio para la imaginación individual. Buscas en internet distintas películas, en ocasiones que no sean muy largas, ya que no quieres dedicar mucho tiempo al visionado de las mismas. Hay muchas más cosas que hacer. A veces traen ellos algún DVD o lo llevo yo y vemos un ratito la película.

En ocasiones les pongo cintas de casete con cuentos tradicionales y se han acostumbrado a oírlos. De hecho tienen sus preferidos y cuentan partes del cuento al tiempo que lo escuchan. Quizás el que más gusta, tanto en audio como en video o en libro, sea el de los tres cerditos. En cualquier soporte es un cuento que les fascina.

Hoy teníamos un tiempo muerto, mientras algunos terminaban la pieza de fruta que tocaba hoy y llegaba la profe que les daba clase después. Así que busqué un cuento clásico. Y apareció Garbancito. Cliqué en él por curiosidad, ya que yo recordaba con cariño el de mi infancia, aunque hacía muchos años que no lo había vuelto a oír. De hecho no sé qué habrá pasado con el disco.

Y mi maravillosa sorpresa fue descubrir que el cuento en cuestión era una presentación en Power Point en la que van pasando las imágenes de un cuento - con unos dibujos que recordaban los dibujos de los cuentos de mi niñez - y el audio ¡era el mismo de aquel viejo vinilo que tanto escuché!

Reconocí cada fragmento del mismo, saboreé de nuevo la canción de Garbancito, me sorprendió lo fresco que estaba en algún rincón de mi memoria. De repente, con una sonrisa tonta en los labios, volví a tener cuatro o cinco años y a estar sentada en mi sillita de mimbre mientras el abuelo ordenaba su colección de décimos de lotería y la abuela zurcía alguna pieza de ropa. 
Creo que a mis niños les gustó mucho. Yo guardé en enlace en favoritos.

© Chulihorro

miércoles, 18 de abril de 2012

Gato

Gato llegó un día de otoño a nuestro jardín.
Al principio la echábamos de allí a base de palmadas y ruidos de pies. Pero ella volvía cada día y nos espiaba medio oculta entre las plantas, lista para huir si la cosa se ponía fea.

Entonces nos dio pena. Probablemente por su insistencia. Por venir a comer los restos de los restos que quedaban, lo que se tiraba en el compost.

Papá empezó a echarle, allí, sobre una piedra, migas de pan mojadas en salsa sobrante, restos del pescado de la comida... y ella cada día los comía, siempre con un ojo vigilante, siempre después de que se hubiera alejado lo suficiente, siempre mirando de frente y sin dar la espalda.

Le pusimos un plato para la comida, y otro para el agua y me costó muchos meses conseguir que me dejara acercarme a ella. Entonces fue cuando caí en la cuenta de que Gato era una gata. Pero ya no tenía remedio, era el nombre por el que la llamaba y sí, lo reconocía.

Hace poco me permitió acariciarla, en el lomo, nunca en la cabeza y de una forma desconfiada, como escapando de la caricia. Procuraba hablarle bajo, mimosamente y acariciarla con cuidado, pero ella huía después de un par de pases de mano por el lomo.


Hasta hace una semana.
Parió un par de gatitos en la jardinera que está debajo de la ventana del salón, semioculta por una mata de perejil. Yo estaba trabajando pero le pusieron comida cerca y, cuando creyó que nadie miraba, bajó a comer.

Al llegar a casa me acerqué, hablándole suavemente, como suelo hacer. Y hete aquí que busca mis caricias, se tumba boca abajo para que le acaricie la barriga, me deja tocarle en la cabeza y ¡hasta me permite coger a sus crías!.

Intenté cambiar a la nueva familia para un lugar más cómodo, en una vieja cestilla que había sido de nuestra gata Claudia (la gata más cariñosa y dulce que haya tenido), pero prefiere su escondite entre las plantas y el perejil. Allí la acomodamos con toallas viejas para que estén más calentitos, sobre todo los pequeños y vigilamos que la lluvia no los moje (es muy lista, ese jardín hay que regarlo, la lluvia nunca cae en él).

No sé lo que pasará cuando las hormonas se le estabilicen, pero procuro acariciar mucho a los pequeños para que se acostumbren desde ya a nuestra presencia y nuestros mimos. Creo que nos hemos ganado su confianza. Y aunque siempre será una gata salvaje, hemos conseguido que no nos tema ni nos huya.


© Chulihorro

jueves, 22 de marzo de 2012

Foto

Tengo una foto en mi casa que me gusta mucho. Es de hace unos años. Estoy con mis hermanos. Todas las fotos en las que salíamos los tres eran de cuando éramos pequeños y yo quería una en la que ya se nos viera adultos, así que un día llevé la cámara a casa de mis padres, sabiendo que comíamos todos allí, y le pedí a alguien que nos hiciera la foto.

Esta, en sí misma, no vale mucho. Juan sale con cara de asco, Amancio con los ojos cerrados y yo como si estuviera pidiendo permiso para posar en ella.

Pero hay un par de detalles de esta foto que me encantan: estoy con mis hermanos, dos de las personas más importantes de mi vida, y aparece Marcos. Él tendría unos cuatro o cinco años y se suponía que sólo íbamos a salir nosotros tres, pero dijo que él también quería salir en la foto. Así que allí se plantó, comiéndose unas galletitas y mirando a la cámara de medio lado, como si fuera tímido. Entonces me daba por la cintura y hoy me saca la cabeza, el cuello y parte del tronco, pero para mí siempre será aquel niño de ricitos rebeldes con cara de pillo que se colaba en las fotos y nos hacía reír con sus palabras inventadas.

Miro esta foto a menudo. La tengo en el salón de mi casa y cada vez que me siento a leer un libro o a ver la tele me coincide enfrente de la mirada. Y cada vez me gusta más. A medida que pasa el tiempo y lo noto, sobre todo en Marcos que crece y no sólo en altura.

Un día de estos tendremos que repetir la foto de los tres hermanos. Espero que Marcos se cuele en ella, aunque tendrá que ponerse detrás de nosotros para no taparnos a todos.
© Chulihorro

sábado, 17 de marzo de 2012

Sequía

Por fin, después de tanta sequía, llegó el agua.
sentarte tras una ventana con un cigarrillo en la mano y una taza de té caliente en la otra y ver caer las gotas resbalar por el cristal.
sentir el calor de la calefacción encendida y ver cómo fuera se desata un pequeño diluvio de escasos minutos de duración.


Finalmente sale el sol, pero ya unas nubes no muy lejanas, anuncian más agua en el horizonte. Y por primera vez en mucho tiempo poder sentir el aroma a tierra mojada. Tierra recién bañada por este agua añorada tanto tiempo.
Y, también por primera vez en mucho tiempo, no importarte nada en absoluto que afuera esté lloviendo. Regocijarte con la lluvia que encharca y moja con su triste monotonía. Al contrario, temer que sean sólo unas gotas pasajeras, una mala tarde, un mal momento.
Observar el cielo preñado de agua y ansiar que se rompan de nuevo las nubes y desborden los pozos, los solares, las aceras.


Buscar el paraguas para salir de casa - pero dónde lo habré metido? - después de tanto tiempo. Correr bajo la lluvia para no mojarte, evitando los pocos charcos que se han formado. Y en vez de enfadarte, como siempre cuando llueve, animar al cielo con la mirada a que siga lloviendo.


Sí, por fin después de tanta sequía, llegó el agua. Veremos cuánto dura.
© Chulihorro

viernes, 16 de marzo de 2012

solpor

Ás veces o ceo sorpréndeche cunhas luces incribles. Unha tarde de verán de hai uns anos, logo dunha tormenta desas nas que non sabes se vai acabar e que a min tanto me arrepían, o ceo descubriuse con este marabilloso solpor. O anaquiño de ceo que podía ver dende a miña casa era un fabuloso espectáculo de cor. Fería mirar para el. Pero non puiden deixar pasar a ocasión de coller a miña cámara, que é ben cativa, e facer esta foto. A min paréceme fermosa, pero queda curta ante o esplendor que se me ofrecía.
© Chulihorro

domingo, 26 de febrero de 2012

entroido

É fantástico ter aos sobriños na casa. Levantarse tarde (por favor, prohibido erguerse antes das nove menos cuarto, como pronto), almorzar os tres xuntos na cociña, arreglar a casa a modo, tomándome tempo para botar un pitillo de vez en cando (sempre na terraza, lonxe deles) e logo vestirnos sen presa para saír dar unha volta.

Coller o carriño da compra, porque sempre temos moitas cousas que mercar, e ir paseniñamente dando un paseo pola vila, parándonos nos escaparates que lles chaman a atención, ou nas casas de pedra que tanto lles gustan.

Encher o carro pouco a pouco, dous quilos de laranxas para o almorzo, un cartón de leite, dous libros da librería, unhas sementes de flores para a avoa, os medicamentos que teño que tomar diariamente na farmacia... E, sen darnos conta, chegar ata os kioscos da Calzada a comprar os cromos que tanta ilusión lles fan. Un quéreos de fútbol, ela das Monster High.

E continuar o paseo pensando que lle podemos comprar ao seu pai que logo vai estar de aniversario. E decidirnos ao final por un cartón de tabaco, xa que sabemos que é un regalo seguro.

Saudar á xente pola rúa. Algúns cos que nos paramos e comentan o altos que están. Outros que eles non coñecen e agardan pacientes a que eu remate de falar.

E logo ir comer onda os avós, que xa os están agardando impacientes. Convencer, sen moita presión, á avoa para que lles faga filloas e chocolate para a merenda. Juan que queima dous dedos cos ferros da cociña, intentando axudar. E carreiras ata a farmacia para comprar a crema que lle poñeremos nas queimaduras e os apósitos para vendarllos, mentres na casa mollánlle unha e outra vez a man con auga fría.

Contarllo aos pais á noite por teléfono, xa reposto do susto e pedirlles que lles deixen un dia máis con nós. Total están de vacacións de Entroido.

Si, e chegar á cama ao final do día, facendo xa plans para o día seguinte. Tódolos recados que aínda temos por facer. Mañá, agora durmide.
© Chulihorro

viernes, 3 de febrero de 2012

Mondariz

O domingo pasado fun ao balneario. A "relaxarme". É difícil facelo levando a dous satélites que te persiguen pola piscina, cando non van colgados das túas costas, pero dende logo foi divertido.
Ata nos atrevemos coa piscina exterior (un minutiño, xa que non estaba quente). Alí deitados, como xoubas en remollo, dúas horas de auga morna, de saídas e entradas, probando tódalas posibilidades que nos ofrecía o balneario.
Logo a comida, xa relaxados e tonificados, paseando polos xardíns do antigo balneario. Bocatas rápidos e unha peza de froita. O día era fermoso, limpo, brillante. Paseos pola beira do río mentres os nenos subían en tódolos bambáns - especialmente nos que, en teoría, son para as persoas maiores-.
Volta ao coche para achegarnos ao castro de Troña, mentres eles facían subidas imposibles pola montaña. Alpinistas en miniatura.
E volver logo á casa (Candela e Ana durmidas), sen presa anque tendo coidado de chegar a tempo á cita que tiña Juan cuns amigos para os xogos que agora teñen os rapaces.

E á noite, sentar no sofá da miña casa, coa intención de ver unha película e non pasar dos títulos de crédito. Pecháronseme os ollos nada máis comezar a emisión. Si, realmente cheguei relaxada.

© Chulihorro

sábado, 14 de enero de 2012

Fin de las vacaciones

Lo malo de las vacaciones es que se acaban.
 Sí. Se acaba el vaguear en la cama, leyendo libros que has ido acumulando y nunca tienes tiempo para leer, como no sea en vacaciones. Se acaba el desayunar tarde, y tomarte un segundo desayuno más tarde, como los hobbits. Se acaba el andar por casa en pijama hasta las tantas, hasta que decides que debes salir a la calle y no es plan hacerlo así vestida. Se acaba el hacer crucigramas con la loza del desayuno sin fregar, porque tienes tiempo para hacerlo más tarde. Se acaba olvidarte del despertador que sigue sobre la mesilla pero tú ni lo miras. 
Las vacaciones son un tiempo en el que te da tiempo a todo. A jugar con los pequeños, a pasear tranquilamente, a meterte en la librería y olvidarte de salir, a no mirar el reloj. 
Pero lo malo de las vacaciones es que se acaban. 
Y vuelven los madrugones, el dejar todo listo en casa porque no vuelves hasta tarde, el preparar (aunque sea mentalmente) la ropa que vas a usar al día siguiente, el acordarte de llevar aquel libro de cuentos que les prometiste a tus alumnos (profe, pero outra vez te esqueceches?).
Y vuelve el frío. El dejar la casa calentita y salir hacia la escuela tiritando. Vuelve el revisar bien las ventanas de la escuela, que no cierran muy bien, y asegurarte de que los radiadores están encendidos. El esperar a los niños con la puerta entornada para que no esperen fuera, al frío de la mañana. Y vuelven los recreos en los que no puedes estar quieta, ya que si lo haces te congelas. Dos veces en la mañana, media hora paseando como si fueras a algún sitio, recreo arriba, recreo abajo.
Sí. Lo malo de las vacaciones es que se acaban. Pero tal y como están las cosas, es bueno tener un trabajo al que volver al terminar las vacaciones.
© Chulihorro