Por fin, después de tanta sequía, llegó el agua.
sentarte tras una ventana con un cigarrillo en la mano y una taza de té caliente en la otra y ver caer las gotas resbalar por el cristal.
sentir el calor de la calefacción encendida y ver cómo fuera se desata un pequeño diluvio de escasos minutos de duración.
Finalmente sale el sol, pero ya unas nubes no muy lejanas, anuncian más agua en el horizonte. Y por primera vez en mucho tiempo poder sentir el aroma a tierra mojada. Tierra recién bañada por este agua añorada tanto tiempo.
Y, también por primera vez en mucho tiempo, no importarte nada en absoluto que afuera esté lloviendo. Regocijarte con la lluvia que encharca y moja con su triste monotonía. Al contrario, temer que sean sólo unas gotas pasajeras, una mala tarde, un mal momento.
Observar el cielo preñado de agua y ansiar que se rompan de nuevo las nubes y desborden los pozos, los solares, las aceras.
Buscar el paraguas para salir de casa - pero dónde lo habré metido? - después de tanto tiempo. Correr bajo la lluvia para no mojarte, evitando los pocos charcos que se han formado. Y en vez de enfadarte, como siempre cuando llueve, animar al cielo con la mirada a que siga lloviendo.
Sí, por fin después de tanta sequía, llegó el agua. Veremos cuánto dura.
© Chulihorro
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